¿Qué sucede cuando nos apresuran a volver a la “normalidad” después de una experiencia traumática?
- Yurani Cubillos

- Mar 4
- 3 min read
El duelo colectivo es real. Y también lo es lo que nuestros cuerpos retienen cuando no tenemos tiempo para procesar.
Soy inmigrante en un país tan hermoso, tan rico en flora y fauna, con montañas que te sostienen y un océano que te recuerda respirar. Las vistas aquí te detienen en seco. El verde frente al azul. La manera en que la luz toca el agua al atardecer. Y la bondad de la gente más amorosa. Un país sostenido por una comunidad trabajadora, centrada en la familia. Este lugar me ha sostenido. Me ha sanado. Me ha permitido convertirme cada día más en quien soy.
Contrario a las opiniones de quienes nunca han estado aquí, yo me siento segura. Camino por las calles de noche. Puedo contar con mis vecinos si lo necesito.

Hace poco, Puerto Vallarta atravesó momentos dolorosos que cubrieron la ciudad con miedo. Se destruyeron propiedades. Nos pidieron permanecer en casa. A lo largo del día, comenzó a circular una avalancha de noticias falsas y de imágenes creadas con inteligencia artificial. Llegaban mensajes de amistades y familiares que viven fuera de México, preocupados por mi seguridad.
Para ser honesta, yo sabía lo que estaba ocurriendo en distintos puntos de la ciudad. Seguía las actualizaciones. Entendía la gravedad de la situación. Afortunadamente, estaba en casa, y también mi pareja. Era domingo. Teníamos agua. Teníamos comida. Estábamos a salvo.
Desde donde me encontraba, podía ver el humo a lo lejos y sentir ese silencio inquietante que se instala cuando a todos se les pide quedarse dentro.

Mi miedo no era por mi propia seguridad.
Era por las personas que aún estaban en la calle. Quienes estaban trabajando. Quienes salían de la iglesia. Las y los trabajadores cuya vida depende de presentarse, pase lo que pase.
Ver cómo tu hogar es destruido crea un duelo colectivo. Se siente como si te arrebataran la sensación de resguardo. Como si la paz interior se fracturara. Aunque sea temporal. Aunque tu casa permanezca intacta. Algo se mueve por dentro. Algo cambia en silencio.
Te das cuenta de lo rápido que la calma puede quebrarse.
Para el martes, ya se nos pedía volver a la normalidad. Presentarse. Sonreír. Atender.
Yo trabajo desde casa. No tuve que poner en riesgo mi ingreso por cuidar mi salud mental. Otras personas no tuvieron la oportunidad de sentarse con lo ocurrido. De sentirlo. De darse el tiempo para regular su sistema nervioso.
Digo todo esto para preguntar:
¿Qué se queda guardado en el cuerpo cuando no existe espacio para procesar en colectivo?
Porque el cuerpo no olvida.
Hombros tensos. Respiración corta. Inquietud. Un cansancio que pesa más de lo que debería.
El duelo colectivo no siempre es ruidoso. A veces es silencioso. Habita en la quietud que queda cuando el humo se disipa. En este momento hay eventos traumáticos ocurriendo en muchas partes del mundo. Ciudades sacudidas. Comunidades en duelo. Personas atravesando pérdidas, grandes y pequeñas. No es algo aislado. Es parte de una experiencia humana más amplia que todas y todos estamos viviendo, cada quien a su manera.
Escribo esto con profundo amor por este país que tanto me ha dado. Y con la conciencia de que no todas las personas tienen el privilegio de hacer una pausa.
Si tuviste que silenciar lo que sentías para atravesar la semana, te veo.
Incluso después de los días difíciles, el cielo sigue tornándose naranja. Las olas siguen llegando a la orilla.

Que podamos preguntar por nuestras vecinas y vecinos. Que apoyemos a los negocios locales. Que nos movamos con más cuidado. Que nos amemos un poco más profundo.
Antes de seguir deslizando, toma una respiración lenta.
Inhala por la nariz contando cuatro.Sostén el aire cuatro.Exhala lentamente en seis.
Hazlo tres veces.
Observa tus hombros.Observa tu mandíbula.Observa si tu cuerpo ha estado sosteniendo algo que no tuviste tiempo de nombrar.
Porque incluso cuando la ciudad vuelve a moverse, el cuerpo todavía necesita tiempo para respirar.



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