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La curiosidad me ha llevado a lugares a los que el miedo nunca me habría permitido ir


Yurani de niña, posando frente a un fondo de Blockbuster Video en Bogotá, Colombia, en los años 90, vestida con ropa casual y mirando directamente a la cámara.
Yurani en un evento de Blockbuster en Bogotá, Colombia, en los años 90. Foto: Nais, mamá de Yurani.

De niña, la curiosidad me metía en problemas, pero nunca la perdí ni permití que nadie me la quitara. No siempre supe que la curiosidad se convertiría en mi brújula. En ese entonces, solo se sentía como movimiento. Como libertad. Como algo dentro de mí que se negaba a quedarse pequeño.


De niña viví en Compartir, una gran urbanización en Soacha, municipio que ahora forma parte de la zona metropolitana de Bogotá, Colombia. Pasé allí los primeros diez años de mi vida, aprendiendo a moverme en un mundo que se sentía, al mismo tiempo, peligroso y lleno de vida. Crecí en una familia de bajos recursos. Mi mamá fue madre adolescente y mi papá, un joven adulto, que fue asesinado cuando yo tenía cuatro años. Siempre tuve lo necesario y casi siempre me sentí querida, aunque cargaba en silencio la sensación de ser una carga.


Pasé la mayor parte de mi tiempo con mi abuela, una mujer con el corazón roto que amaba a su familia, pero cuyas palabras a veces cortaban tan profundo que algunas de nosotras y nosotros aún cargamos esas heridas, lo admitamos o no.


Yurani de niña, cantando en un micrófono de juguete rodeada de amistades dentro de su casa de la infancia en los años 90, capturando un momento de juego, curiosidad y conexión.
Yurani en su casa de la infancia con amistades en los años 90. Foto: Desconocido.

Al ser hija única y estar bajo su cuidado, pasaba mucho tiempo afuera con amistades, montando bicicleta y, probablemente, viendo y escuchando cosas que los niños no deberían ver ni oír. La curiosidad me guiaba, descalza, con el cabello despeinado, subiendo y bajando por las calles, a veces más lejos de lo que se suponía. Hasta que alguna vecina decía “tu abuela te está buscando” y entonces entraba en pánico. Ella me arrastraba del cabello hasta la casa y yo volvía a hacerlo al día siguiente.


Incluso una vez vi un cuerpo sin vida cuando me había alejado demasiado de casa. Los años 90 en Colombia eran aterradores, pero a mí me gustaba la adrenalina. Me gustaba ver cosas que no se suponía que debía ver. En las fiestas de Navidad, sorbía la cerveza que quedaba bajo las mesas y fantaseaba con fumar cigarrillos, completamente convencida de que era una especie de personaje pequeño, trágico y misterioso dentro de una película.


Pero no todo en mi infancia fue peligro o rebeldía. También hubo ternura.



Yurani de niña, de pie junto a su papá, Mauricio, durante un evento de Halloween, capturada en un momento espontáneo de cercanía y cuidado.
Yurani y su papá, Mauricio, en Halloween. Foto: Autor desconocido.

Mientras mi papá estuvo vivo, yo quería ser igual a él; me parecía mucho a él, salvo por el bigote. Fue una de las pocas personas que alentó mi curiosidad sobre quién podía llegar a ser. Me sentía vista de una manera para la que todavía no tenía palabras. También fue de los pocos que me animó a amar mi cabello. Siempre me lo deshacía de las trenzas y mi abuela le gritaba por eso.


La curiosidad me permitió hacer cosas como llevar a niños en situación de calle a la casa de mi abuela mientras ella dormía la siesta. Bañarlos. Vestirlos. Y luego sentarlos frente a mi pizarrón para enseñarles el abecedario. Sí, me metí en problemas por eso.


Mirando hacia atrás, ahora puedo ver que incluso entonces mi curiosidad no tenía que ver solo con la aventura. Tenía que ver con las personas.


La curiosidad me recuerda constantemente que mi experiencia no es única. Que no estoy sola.

La curiosidad me invita a escuchar, a hacer preguntas sin juzgar.


A medida que fui creciendo, esa misma curiosidad me acompañó en el trabajo, en las relaciones y en el riesgo. De adolescente tuve todos los trabajos que te puedas imaginar. Tienda de ropa, niñera, tatuajes con aerógrafo, restaurantes de comida rápida. Y luego, ya de adulta, la curiosidad me permitió decir que sí a cosas que daban miedo. Cosas que las personas a mi alrededor tenían temor de hacer.


Cuando tenía 24 años terminé en Alaska. Después pasé unos meses en una granja de marihuana en el condado de Humboldt, viviendo en una tienda de campaña. Decir que sí me cambió. Conocí a personas que viajaban por todo el mundo. Conocí a personas con creencias religiosas distintas a las mías. Me abrí a escuchar y a aprender de ellas. Me enamoré de aprender, me enamoré de lo desconocido, me enamoré de convertirme en alguien nuevo una y otra y otra vez.


La curiosidad me ayudó a darme cuenta de que estoy en constante evolución, siempre cambiando, y a darme permiso de no tener que quedarme igual.


La curiosidad es una compañera constante.


La curiosidad me llevó a Puerto Vallarta, México.

La curiosidad me permitió creer en mí misma.

Hacer cosas incluso cuando tenía miedo.

Y más recientemente, la curiosidad me llevó a un lugar más silencioso, más pesado y más sagrado.


Me llevó al trabajo con la muerte.

Me llevó a preguntarme: ¿Qué significa sentarse junto a alguien al final de su vida? ¿Qué significa acompañar el duelo, la presencia, el ritual y el amor cuando todo lo demás se desvanece?


La misma curiosidad que alguna vez me llevó por calles desconocidas ahora me lleva hacia la mortalidad, la ternura y el cuidado. Hacia convertirme en doula de muerte. Hacia aprender a sostener espacio para los finales con la misma apertura que antes tenía para los comienzos.


Gracias a mi curiosidad, tengo una abundancia de amistades intergeneracionales que son muy importantes para mí, porque me recuerdan que nadie lo tiene todo resuelto. No importa en qué etapa de la vida estés, todas y todos seguimos convirtiéndonos.


En momentos en los que todo se siente tan incierto, cuando parece que no hay nada que pueda hacer para mejorar el mundo, la curiosidad me recuerda pensar fuera de lo establecido. Tal vez no pueda arreglar el mundo entero, pero sí puedo retribuir a la comunidad que me rodea. Y puedo asegurarme de que cada interacción que tengo con las personas esté arraigada en la amabilidad, el amor y la comprensión.


Preguntas Frecuentes


1. ¿Cómo puede la curiosidad convertirse en una brújula cuando el miedo y la incertidumbre moldean nuestras vidas?

La curiosidad se convierte en nuestra brújula cuando nos mantiene en movimiento en momentos en los que el miedo podría paralizarnos. Nos lleva hacia el mundo, hacia experiencias para las que aún no tenemos palabras, y nos invita a decir que sí a lo desconocido, a lo arriesgado, a lo incómodo, a medida que crecemos.


2. ¿Qué sucede cuando los instintos de supervivencia de la infancia evolucionan hacia una práctica de presencia y cuidado?

Lo que alguna vez parece rebeldía o supervivencia puede revelarse, con el tiempo, como una atención profunda hacia las personas. La curiosidad nos enseña a invitar a otros a entrar, a notar quién necesita cuidado, a sentarnos, a enseñar y a escuchar. Poco a poco, la supervivencia se transforma en presencia.


3. ¿Qué significa seguir convirtiéndonos, incluso cuando la vida nos pide bajar el ritmo y enfrentar finales en lugar de comienzos?

Significa permitirnos cambiar. La curiosidad nos recuerda que estamos siempre en evolución, ya sea al movernos entre lugares, al decir que sí a trabajos desconocidos o al entrar en espacios más silenciosos y más pesados que nos invitan a la reflexión y al cuidado.

 
 
 

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Chimamanda Ngozi Adichie mural_ Ciudad Lineal. Mural_ DLV, CC BY-SA 4.0..jpg
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