Estoy en duelo

No por una persona, sino por muchas. Estoy de duelo por las personas y los espacios que se suponía debían protegernos. En quienes confiábamos. A quienes admirábamos. Quienes, desde posiciones de liderazgo, usaron su influencia y su poder para aprovecharse de las mujeres en lugar de cuidarlas.
Cada vez que sale a la luz otra historia, se cierra una puerta. Una iglesia, un lugar de trabajo, un aula, un mentor, un hombre a quien admirábamos. Lugares que creíamos seguros se convierten en un sitio más donde tenemos que cuidarnos la espalda.
Tal vez este duelo viene acompañado de un recordatorio: nadie pertenece a un pedestal.
Ni el pastor, ni el jefe, ni la celebridad, ni el líder al que todos alaban. Cuando ponemos a la gente ahí arriba, dejamos de hacer preguntas. Justificamos lo que no deberíamos. Dudamos de las mujeres que alzan la voz porque es más fácil que dudar de alguien a quien admirábamos. Los pedestales no solo elevan a las personas; las esconden de la rendición de cuentas.
El respeto se debe ganar una y otra vez a través de cómo se trata a quienes tienen menos poder a su alrededor. La admiración nunca debería costarle la seguridad a una mujer.

Por eso no dejo de preguntarme: ¿existe un lugar donde las mujeres estén realmente seguras?
Un lugar donde de verdad podamos descansar. Donde podamos bajar la guardia sin tener que pagar un precio por ello. Donde podamos vestir como queramos sin ser tratadas como un objeto disponible. Donde nuestro «no» sea suficiente y nuestra presencia no sea una invitación.
No creo que sea pedir demasiado. Y, sin embargo, me descubro pensando si decir esto en voz alta hará que me llamen radical.
¿De verdad es radical creer que merecemos el amor, el cuidado y la protección que tan libremente le damos al mundo? Las mujeres mantenemos unidas a las familias. Cuidamos, consolamos, estamos ahí para todos los demás. Querer que nos devuelvan un poco de ese cuidado no es algo extremo. Es lo básico.
La mayoría de la gente ya está de acuerdo en que las mujeres merecen estar seguras. No le estoy pidiendo a nadie que adopte una nueva creencia. Estoy pidiendo que actuemos en consonancia con la que decimos que ya tenemos.
A los hombres que leen esto: ¿Cuándo van a sumarse a la conversación?
Los verdaderos protectores no esperan a que se trate de su hermana, su hija o su esposa. Aparecen antes del daño, no después del titular. Corrijen a sus amigos. Les creen a las mujeres. Usan su influencia como siempre debió usarse: para resguardar, no para quitar.
Y los verdaderos protectores también cuidan y nutren. Escuchan con atención, consuelan, están al pendiente, preparan la comida, acompañan en el duelo y atienden el dolor. Esas mismas cosas que el mundo les ha delegado a las mujeres como «nuestro trabajo» no son una debilidad. Son la forma en que realmente se ve la protección. Un hombre capaz de sostener a alguien con ternura es mucho más seguro que un hombre que solo sabe ser fuerte.
Estoy cansada y estoy en duelo. Pero sigo teniendo esperanza. Así que voy a terminar como siempre lo hago, con una invitación.

Mi invitación para ti
No dejes de hablar de esto. Ni en internet ni en persona. El silencio es donde se esconde el daño, así que síguelo nombrando, sigue haciendo preguntas, sigue creyéndoles a las mujeres que alzan la voz.
Y no te limites a esperar a que existan espacios seguros. Créalos. Haz espacio para el encuentro. Abre tu hogar, tu círculo, tu mesa. Construye lugares donde las mujeres, las infancias y las personas más vulnerables puedan reunirse y por fin respirar tranquilas.
Que sean lugares donde gobiernen el amor, el cuidado y la escucha profunda. Donde nadie tenga que demostrar su dolor antes de que se le tome en serio. Donde nadie esté en un pedestal y todo el mundo sea sostenido.
Si los espacios que se suponía debían protegernos nos fallaron, entonces convirtámonos en quienes construyan unos mejores.





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